Organización
 Tar Valon

 Estatutos

 Contacto
Conectarse

Recuperar mi contraseña

Tar Valon en Facebook
 Hazte nuestro amigo en Facebook


Mitago (Historias de Tito)

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Mitago (Historias de Tito)

Mensaje  Sariel_Rofocale el Vie Oct 29, 2010 5:56 pm


Pero ésa es una historia para otros tiempos y para otras gentes.



Lluvia, o por lo menos, la noticia de su próxima venida. Gotas de agua que aún carecen de un destino; y por ello se dejan azotar sin piedad por la furia del viento de la tarde. Trazando en el aire, entre los edificios, un antiquísimo mensaje que no acierto a comprender. Nadie lo ha logrado hasta ahora. Es demasiado trabajo para un solo hombre. Es más fácil aburrirse, perder el tiempo, o morir.

Me llena el alma, los pulmones; esta llovizna incipiente me plaga de memorias sobre ayer, sobre el futuro, sobre la extrañeza de la vida... Y de las gentes que por ella se mueven. Como ensangrentados insectos en un pantano de vísceras.

Me hace sonreír un poco, solo a medias, una mueca devastada, algo que no revele demasiado del dolor lacerante de mi cuerpo y lo que resta de mi conciencia.

Tito Strada, Tito, también trataba en vano de disfrazar su tormento, en la observación inocua de las pautas inexistentes de las cosas simples. En actos tan puros y sencillos como el de encender una cerilla, la primera bocanada de humo, el fuego de la chimenea, o el correr libre y cristalino del agua en las canales de la calle; Tito caía presa de la mas absurda de las contemplaciones, centrado, alejado del mundo, separado de la realidad por tan solo un tenue hilo de sentidos y percepciones. Nunca he conocido a nadie, capaz, como él, de desligarse por completo de la situación presente, en busca de los misteriosos signos de la armonía universal.

Muchos hombres y mujeres, especimenes típicos de esa raza de idiotas petulantes que rodea por doquier las montañas de mundo; han preguntado y juzgado una y otra vez, sobre la muerte de Tito. Hombres y mujeres que sin pensarlo, han establecido ya sobre este hecho la más cruel de las ignominias; la del chisme y el cotilleo. Poco me afecta; en vida, maese Tito Strada era inmune a estos detalles, no ha de ser menos quisquilloso en el lugar en el que se encuentre.

Era noble, de facciones más bien cínicas, a fuerza de la lucha por sobrevivir, con un cierto dejo de fastidio y envidia en cada uno de sus actos. Había amado y apreciado a infinidad de personas a lo largo de su corta vida, personas que el tiempo, la fortuna, habían llevado lejos de si; ya sea a la tumba, o a un lugar prominente en la vida de la gente. Alejado por completo entonces, de los dulces recuerdos de su pasado, preso y encadenado cruelmente, hubo de encontrar una manera de sobrevivir al asco inmenso de su propio fracaso en la vida. Y opto por vivir de memorias, por aprender a leer los signos del recuerdo en las configuraciones simples de la danza de las olas, el sonido del río y la lluvia tronando en el tejado.

No era valiente, los hombres complejos rara vez lo son, pero sin ser cobarde lamentaba en lo mas intimo de su alma, las oportunidades fallidas de elevarse de su condición con la fuerza de su voluntad y poniendo en riesgo lo que él, menos apreciaba en el mundo, su propia vida y pellejo. Jamás valoró demasiado estas cosas en su corta existencia. En eso quizas radicaba una parte de su tragedia; un hombre capaz de enfrentarse sin miedo a la muerte, sacrificándose a si mismo por un bien mas preciado que su vida misma, se halló inmerso desde su nacimiento en una cadena de hechos que le llevaban irremisiblemente a la mas rutinaria de las existencias. Una vida en la que hasta el mínimo acto del valor y el heroísmo ideales estaban condenados al fracaso de antemano. Tito vivió en un siglo, en el que los ideales forjados con honor y deber, eran ya presa de un absurdo y mediocre romanticismo. ¡Que terrible conquistador hubiera sido, que maravilloso caballero, y aventurero!
Pero no le quedo otra espada distinta a la de sus dedos, y más armadura que la de sus versos, y sus historias, que te dejaban descontento, por que él mismo estaba por completo insatisfecho de todo.

Tito murió en un sueño, plenamente convencido de la inutilidad de toda existencia. Sereno pero triste, escupió en el aire sus más dolidas canciones y partió para no volver, habiendo amado, y luchado como el más temible de los gigantes de un cuento, vivir, es sufrir; solía repetir a menudo, cuando las canciones se agotaban y el leve brillo de los fuegos fatuos acompañaba la velada de licor en el cementerio.

Cierta noche, tito concibió el mas salvaje de los designios; comprobar en carne propia la futilidad de la muerte; y habiendo amado con pleno derecho y seriedad el deber sagrado de respirar, decidió dejar de hacerlo, de manera silenciosa, algo insensata, pero imbuida en la elegancia y clase que caracterizaba todos y cada uno de sus actos.
¡Temible cita con el destino!
Esa noche, me citó en la encrucijada; una leve nota, escrita en un ajado pergamino, que había visto de seguro mejores días, me llevo allí con la con la conciencia temerosa, y la plena certeza de lo trágico y glorioso de la ocasión.

Algo en el aire, se encontraba inquieto, la bruma de la noche se alzaba del lago inundando las callejuelas de la ciudad con una persistente parsimonia, llenando el cabello de los escasos caminantes con una extraña mezcla de frío y agua. Tanto la tierra como las flores y todas las cosas vivas o muertas, parecían entonar un silencioso y ronco preludio de lo imposible...

Caminamos, mientras el rostro algo grotesco de Tito, palidecía ante cada furtivo movimiento del viento en los alerones de las casas. Estaba nervioso, y fumaba uno y otro cigarrillo con su doliente costumbre de asesinarse sin motivos. (Pero entre todos los seres humanos de este ajado y caduco planeta nadie como él, tenía más derecho a esa mortal protesta contra el hado histérico y malediciente que le había conjurado para existir) Estaba triste, y algo de esa tristeza me la comunicaba con sus pocas frases entrecortadas, y mi corazón latía desbocado, por que algo en mi espiritu sensible pero dormido, había empezado a comprender la magnitud de esta cita con el destino.

Pasaron una, dos horas, y muchas mas ininterrumpidas; cuando de tácito acuerdo penetramos la derruida mole de la barrera del cementerio; y nos encaminamos al habitual sitio de estadía, una vetusta tumba cercada por un jardín lujurioso pero sencillo, testigo de muchas otras noches de soledad, abandono, y desesperante vacuidad.

El vino corrió, y nunca he de volver a probar un elixir como ese, que estaba por completo empapado de la esencia del rocío, y de las lágrimas que habíamos derramado en innumerables ocasiones, ya sea por la crueldad de la vida, o por la misma inconstancia de los hombres.

Cuando ya vertía sus últimas gotas la moribunda botella, un tenue resplandor rojo pareció alzarse de entre los callejones de la ciudadela mortuoria, un resplandor que acompañado con el sordo pero acompasado sonido de lo que a mi me pareció el corazón mismo de todos los muertos; empezaba a inundar cada cavidad y resquicio del sitio con una tétrica luz que todo lo paraba, sumiendo el tiempo mismo en un estanque de hielo.

No sentí miedo, ni siquiera un asomo de ese terror primigenio que llevamos todos en lo más profundo de nuestros corazones, una rabia inmensa que creció en mi al contemplar la magnitud de lo que allí se gestaba me llevó de un salto al lado de mi amigo, que se encontraba por una vez en su vida, desconcertado.

De improviso una fuerza terrible se abatió sobre nosotros, queriendo destrozar por completo nuestros cuerpos, en una vorágine de lo que parecían chillidos y alaridos emitidos por seres putrefactos y dolientes que se movían incesantemente alrededor de nosotros. Una fuerza nos hablaba, con un murmullo de fuego y hielo; supe entonces por la concentración suprema que revelaba el rostro de Tito, que una certeza poderosa se abría paso entre su cinismo y su pena.

La fuerza aumento su furia y sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo, me arrojó con violencia contra la pared de una tumba, mientras al instante una llamarada de dolor y agonía recorría todo mi cuerpo como un relámpago de verano.

Pude ver, entre la cortina de la sangre que nublaba mis ojos, como un oscuro agujero de vacío se formaba frente a mi amigo, palpitante, expectante, llamado sin cesar con pegajosa invitación a la nada. Junto a este agujero, separado por una barrera de oscuridad indescriptible, se alzaba una puerta de proporciones titánicas, toda hecha de luz y de metales, que refulgían sin cesar en el mismo latido que todo lo impregnaba con su endemoniada cadencia.

Elección, murmuraron los labios de Tito en ese momento...

¿Todo se reduce a esto? Pensé confundido mientras el torturante dolor impedía mis ingentes esfuerzos por enfrentar junto a mi amigo el pavoroso destino que le aguardaba.
Nunca me he sentido más inútil, nunca he sentido como en ese momento la terrorífica constatación de mis limitadas fuerzas. Mi amigo en cambio, tranquilo, sereno se encaminó sin dudar hacia el espacio entre la puerta luminosa y el agujero oscuro y palpitante.
Pude ver y sentir en mi propio cuerpo, la magnitud de las fuerzas que pugnaban por hacerse con Tito, cada una de ellas tan seductora y terrible como la otra...

Pero Tito siguió caminando imperturbable, apenas consciente de la batalla que por su cuerpo y quizas su espiritu se libraba en torno a el. Justo frente al vacío que se abría incitante, que sin llamar ni tentar, tambien me atraía a mí con la fuerza cálida de una descanso eterno...
Tito se dio vuelta y me observó mientras tiraba la colilla del cigarrillo... En su rostro cálido y amablemente triste estaba esculpida con fuego la verdad que siempre sospechó acerca del mundo que nos rodeaba.

Que todo era una farsa, un juego de dados entre dos niños eternos y grandes por el poder insignificante de una creación fortuita, fruto del más puro de los azares.
Engaño, engaño, un maldito engaño y un juego de cartas en el que la humanidad entera, con sus luchas y dolores, con sus penas y tragedias, tan solo constituía las fichas mediocres de un tablero de juego en el que el resultado final nunca seria algo por completo claro.

Pareció valorar mi esfuerzo impotente por alcanzarle, por... Que se yo, afrontar con él los temores del momento... Y un sonrisa torcida ilumino su semblante, como queriéndome decir con toda la fuerza de su continuo martirio...

¡Adelante, viejo amigo! ¡Lucha, sin temores!....

Todo es tan fútil y estúpido que solo nos queda esta última terquedad de caballero valiente perdido en un siglo en el que el valor y el honor han muerto y son moneda de pago dentro de este gran prostíbulo...

Y dando media vuelta se lanzó a la carrera, abrazando con gesto poderoso la nada que ya se abría ante él y le devoraba...

Al instante el cementerio recuperó su mediocre placidez de siempre; escuché los escasos coches que atravesaban las avenidas, el sonido del viento y el frío que ya empezaba a detener la sangre que manaba de mi cabeza... Y lloré...

Lloré por la crueldad de mundo, por la futilidad del esfuerzo de la gente por hacerse un nombre, cuando el futuro previsible era la agonía eterna, o la placidez sin memoria y voluntad. Lloré por mi impotencia, por mi sangre, y las lágrimas lavaron mi rostro y mi alma de toda pena y toda culpa.
Comprendí entonces la facilidad con la que Tito había aceptado ese destino... Puesto que había amado, llorado, penado y torturado su alma sencilla, tenía todo el poder de decidir no ser parte de la farsa universal, y ser por fin uno solo con la paz y la tranquilidad que solo le podría brindar una existencia ininterrumpida en la nada.

El mundo recuperaba su rutina, y a lo lejos empezaba a quejarse la primera de las aves de una mañana que ya anunciaba con bombos y trompetas su asqueroso fluir de siempre...
Lentamente me encaminé a mi casa polvorienta y solitaria, con la conciencia de haber testificado por fin, el primer milagro del mundo... No se por que, pero una paz infinita pareció abatirse sobre mi cansado espiritu, y al ver que yo mismo tambien había amado, y sufrido, y buscado, perdido y encontrado, supe con certeza que en algún tiempo, después de mas días, mas tragedias y alegrías, mas desesperanza y horrible soledad, también me llegaría a mi el turno de decidir... Quizas por que los poetas son los únicos que pueden vivir y morir, en la medida de sus letras y sus sueños...
El sol alumbraba ya la adormecida faz de la ciudad; y mientras quemaba la carta de Tito, sonreí...

Sariel Rofocale
Ojalá encuentres la paz, valiente K.
Ojalá tu historia sea feliz.


Algún día, cuando el mundo recupere la magia que ha perdido, podrán volver a nacer los mitos...

avatar
Sariel_Rofocale
Ciudadano residente
Ciudadano residente

Mensajes : 271
Fecha de inscripción : 10/10/2010
Edad : 33
Localización : Colombia

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.