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Mensaje  Asfare el Jue Jun 09, 2011 11:42 am

Había un silencio sepulcral en aquella estancia. En aquella y en todas las del palacio, en realidad, pero era algo normal teniendo en cuenta el importante y terrible acontecimiento que tendría lugar aquel día. Nadie sabia que hacer o que decir, o lo que era peor, nadie podía ni decir di hacer nada por aquella familia que iba a perder lo que mas querían del mundo.

La comitiva empezaba a avanzar. Ahora el silencio se veía interrumpido de vez en cuando por sollozos o gemidos que se perdían enseguida entre susurros y palabras de consuelo.

Era normal que todos se sintieran apenados por aquella tragedia, pero también sabían que era necesario.

Las enormes puertas ornamentadas que daban a la sala principal del palacio se abrieron del todo para que la comitiva avanzara más rápido.

Era una sala enorme, mucho más grande que la anterior. Su blancura pasaba a ser casi fluorescente, impidiendo puntos oscuros donde se pudiera apostar un espía o un asesino.

Separadas del medio de la estancia y las paredes, había cuatro gruesas y hermosas columnas azuladas a cada lado que daban sensación de riqueza y porte a sus dueños. Acababan bordeadas por gruesas serpientes de piedra de escamas lilas y nacaradas, a más de trece metros de altura.

Las colas de las serpientes formaban en el techo una circunferencia, uniéndose entre si.

El interior de la circunferencia era de un cristal fino, de miles de colores distintos, pero sin formar más dibujo que el que esteba situado en el centro. El emblema del reino: una serpiente negra que rodeaba a una estrella brillante. Sobre ese fino cristal habían añadido una bóveda de un cristal grueso y translucido, pero que no afectaba a la cantidad de luz que entraba en la estancia e iba a reflejarse en el suelo de piedra gris.
Al final de la estancia, unas pequeñas escaleras ascendían a los dos tronos de oro y cristal, forrados de la cara piel de un animal procedente de las tierras heladas, para que los reyes no pasaran frío.

No había piel mejor para protegerse que aquella.

Entre los dos tronos habían colocado dos hermosas cunas de madera con adornos de hierro. También estaban forradas de esa cálida piel. Las cunas se habían colocado allí provisionalmente para que los ciudadanos se despidieran.

La hermosa reina sollozaba entre los fuertes brazos de su rey, desconsolada, mientras el contemplaba las cunas con mirada ausente. Los dos habían perdido en pocos días todo su porte y parecían totalmente ajenos a todo su reino, por lo que Enai, el más fiel consejero de los reyes, se hacía cargo en esos momentos de llevar el reino.

El era hijo del Maestro de Espadas, el cual enseñaba a cada nuevo rey las artes de la guerra.

Enai había crecido con el rey y los vínculos de amistad le habían llevado a donde estaba en esos momentos, como consejero y protector del rey.
Era un hombre fuerte, alto, de piel morena y pelo castaño, en el cual llevaba puesta la diadema del reino.
Todas las personas que sirvieran directamente al rey debían llevar una joya que les señalara el grado en que lo hacían, de manera que los soldados llevaban una joya distinta de la de un consejero y estos distinta a la de un criado. Era una manera de premiar su esfuerzo y fidelidad. La joya de los reyes era la corona, aunque ellos no la llevaran puesta en aquellos momentos.

-Mi señor, debéis descansar. Yo puedo encargarme de esto.

El rey salió de su ensimismamiento y le dirigió una mirada triste y cansada:

-No te preocupes, Querido amigo. Debo cumplir con mi deber-le dirigió un mirada a las cunas.-Además, quiero estar el máximo tiempo con ellos antes de que…-añadió con voz rota. La reina sollozó entre sus brazos.

-Yae… ¿De verdad es necesario?

-Me temo que sí. Como reyes es nuestro deber proteger al pueblo ante cualquier amenaza.-contestó el rey fingiendo serenidad.

-Pero son pequeños e indefensos.. no pueden hacer ningún mal. Les enseñaremos bien y no serán ninguna amenaza.-añadió la reina, esperanzada.

-Gaana- el rey yae rozo su sedoso y suave pelo- me encantaría, pero está escrito. La última palabra la tiene ella.

-Ella…-añadió la reina, pensativa.-si al menos uno pudiera…

El sonido de las flautas la interrumpió. Anunciaban su llegada. La llegada de la Profeta. Tardó unos segundos en aparecer en medio de la puerta.

Era un mujer tremendamente anciana, pequeña y encorvada. Una larga melena plateada caía por su espalda. Para evitar que arrastrara tenía colocada en el extremo una pequeña esfera de plata, que flotaba y le sujetaba el pelo a dos palmos del suelo.
Ella iba apoyada en un bastón de madera vieja. Avanzaba deprisa.

- Bien hallada, Na Teeru.-dijeron los reyes al unísono, con una leve inclinación de cabeza.

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