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Mensaje  Sariel_Rofocale el Jue Mar 17, 2011 6:30 am

“Se que carezco de talento, pero a pesar de ello, puedo decir que he escrito cosas mucho mejores que este relato. Pero es tan raro y mágico su origen, tan perturbador su nacimiento que no he podido olvidarlo, como suelo olvidar las ideas que de antemano sé, que serán un rotundo fracaso. He sentido la imperiosa necesidad de gritarlo al viento, a riesgo de que sea juzgado, ignorado o despreciado, no me importa, nunca me ha importado en verdad. Estoy plenamente convencido, que esto es mas que una fantasía vívida de una noche insomne, estoy mas seguro que nunca, que a su muy particular manera, esta escena ha sido real, y que yo la he vivido también, no solo desde el puesto de espectador impasible… he estado allí, he visto correr por esos túneles helados a un grupo andrajoso de personas, hacia una tierra de sol y arena…He dejado atrás algo que amaba, y he visto tristeza inmedible en unos ojos oscuros y jaspeados. En esta escena, en ningún momento era él, de hecho ignoro quién o qué era él, pero lo siento casi un hermano, algo más que un padre. En esta escena yo estoy a su lado, esperando junto a una tropa de presencias invisibles, una hermandad tranquila y melancólica, de la que sorprendentemente me siento parte íntima.
Lo extraño, lo aterrador del asunto, es que he despertado a las 4 de la madrugada, sentado en mi viejo sofá, con el rostro lleno de lágrimas y un dolor increíble en algún lugar dentro de mi alma. Con una frase de Saga, atrapado en el bloque de granito, en el ova de la batalla de los cielos, Saint seiya. Retumbándome la cabeza…

Por ello he escrito esto, por ellos, incluso por mí… Por que es un recuerdo de algo que pudo haber pasado, y que me duele mas de lo que yo mismo me atrevería a confesarme.”
Paipa. Marzo 2011


El tiempo no le concedería una oportunidad más…
Esta vez no había escape posible, allí donde se encontraba, en los picos altos y sagrados de las montañas de sus ancestros; todavía podía observar la ruina de los valles, y el humo de sus caseríos incendiados.
Él, el veterano de tantas guerras, él, que tantas veces había honrado el altar de los dioses con ofrendas de victorias aplastantes, él que había visto tanta sangre y derramado tantas lágrimas por los camaradas caídos…
Se estremecía, recordando los espantosos alaridos de su gente, ante la primera e inútil defensiva. Nada valía contra estas bestias, ni los más ancianos hechiceros de las montañas nubladas podían asegurar de donde venían, o qué eran.

Corrían rumores, acerca de los dioses del mal, que antaño fueron desterrados por su gente a los abismos tenebrosos.
Pero en ese entonces, los dioses de la luz, caminaban entre ellos, les daban consejo, nutrían su naciente maravilla del mundo nuevo.
No como ahora, que parecían haberse aburrido de la tierra que tanta sangre había derramado por ellos.

Ni los mas bellos y desesperados rituales pudieron conmover a los dioses, su mutismo era una sentencia de muerte.
Y aún cuando el viejo rey, tomó la dolorosa decisión del sacrificio supremo, y su hijo se arrodilló, pálido y tembloroso, en la pira de los sacrificios…
Aún así, los dioses se negaron a manifestarse.

La rabia se apoderó entonces de las gentes del país de los manantiales. ¿Que clase de dioses permitían que sus amados hijos murieran y se extinguieran…?
¿Qué clase de divinidad, egoísta y vengativa compensaba milenios de servicio y fe, con sangre y abandono?

Así fue como, tras días de angustiosa espera, tras días de tenebrosa duda, y después de que muchos jóvenes fuertes y prometedores, dieron sus vidas otorgando tiempo, a la moribunda civilización del agua, conteniendo de manera inaudita, los ataques de un enemigo que les superaba en poder, y que solo era malevolencia que marchitaba la vida de la tierra a cada paso que daba; que los ancianos sacerdotes despertaron a los que eran su última esperanza de sobrevivir.

No eran inmortales. No eran dioses, pues se acercaban bastante a los demonios de las viejas historias. Oscuras historias se tejían sobre ellos, pero esto poco les importaba, ellos dormían en sus prisiones de hielo, en la montaña sagrada.
Siempre que su pueblo les había necesitado, ellos habían regresado de su largo sueño, asegurado la supervivencia de su raza, y vuelto a dormir de nuevo.
Grande era el precio por su revivir, pues un miembro de la casa real, debía desangrarse ante el sello de hielo que les encerraba.
Y el anciano gobernante, despidiéndose de su familia, y de su jovencísimo heredero, cumplió con su deber.

¡Despierta!

Resonó su voz en las cavernas frías y abandonadas, mientras una pequeña muchedumbre esperaba angustiada el desenlace de aquel drama a la entrada de la cueva, portando antorchas y entonando cánticos antiguos, que disfrazaban el miedo, y los gritos de dolor y muerte que les llevaba el viento desde las cada vez mas estrechas fronteras de su tierra.

¡Despierta! ¡Tu rey te llama! ¡Tu pueblo de necesita!

Pero el viejo rey, no obtuvo el consuelo que anhelaba.
Por que vió en los rostros, cansinos de los ashmedhai, los ingobernables, la certeza del destino que aguardaba…Y lloró con rabia inútil mientras la vida se le escapaba de su cuerpo…

Antaño, conformaban todo un ejército, de poder inaudito, con el pasar de los tiempos, después de incontables muertes y renaceres. Tan solo quedaban unos cuantos.
Avanzaron con paso firme, mientras sus blancas armaduras, despedían el brillo de un atardecer moribundo.
Y de nuevo el corazón de las gentes se llenó de esperanza.
Allí estaban ellos, más seguros de los dioses, puesto que no eran de su estirpe. Eran sangre de su sangre, mantenida con vida a través de generaciones, de una época en que los hombres eran más fuertes, y podían dominar el poder de una tormenta con el solo eco de su poderosa voz.

Lagrimas amargas derramaba el cansado hombre que velaba entre cadáveres el escape de los últimos de su raza a través de los túneles que cruzaban las montañas heladas.

Lagrimas que le recordaban el sabor de la brisa, del agua, allá en tiempos más benignos, cuando él, junto a un pequeño grupo de jóvenes, fue llevado a los santuarios prohibidos…

Pero aquellos días, han pasado ya, murmura mientras se sienta en una roca manchada de sangre…
Aguzando el oído, preparando su mellada lanza para el último combate de su vida…
Una pelea que carece de gloria, de sentido quizá, por que solo espero regalarle el derecho de sobrevivir a toda esta gente.

¡No estas solo¡

Y se levanta desafiante al sol moribundo.

¡Aquí estamos todos¡

¡Y Allí están! Puede verlos, puede sentir su calida presencia, filtrándose a través de las barreras de la muerte, atravesando el velo de miedo de acongojaba sus manos.
Sus canciones vienen de nuevo a los labios, escenas de amor, de cariño y sacrificio,
Soledades arteras confortadas por el abrazo sincero de los que ya han partido, y que derramaron la misma sangre, las mismas lágrimas, frente a hogueras simples y llenas de magia.
Se ha dado cuenta, de que él mÿÿre, ÿÿro una nueva era nacerá para este mundo…
Quizá no sea tan inútil su muerte…

Escucha sus pasos tranquilos y sosegados, aguardándole, esperando su propio turno de atravesar el umbral.

¡Ya vienen! Anuncian las voces… ¡Se acercan!

Y su figura se alza de nuevo rabiosa, desafiante, vale muy poco la vida como para conservarla…Ya vienen, aquí están, y les aguardo a pie firme y con una sonrisa en los labios…
Por lo menos nadie ha de olvidar que hubo una era, en la que vivieron guerreros valientes y orgullosos, que se atrevieron a desafiar a los mismos dioses.

Sariel Rofocale.
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Sariel_Rofocale
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