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Historias para morir descontento

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Historias para morir descontento

Mensaje  Sariel_Rofocale el Vie Oct 29, 2010 5:42 pm

Crónicas del Tedio

Una noche, y llovía...


No era de extrañarse; tomar la pluma, no era la causa, de hecho, empuñarla, como quien se aferra a una espada, a un pedazo cualquiera de madera, a sabiendas de que tan solo eso se interpone entre la vida y un abismo hambriento, era lo que le permitía conciliar el sueño, lo que facilitaba su penoso caminar de cada día. Lo que le salvaba del tedio, de la risa seca y dolorosa, tan cercana al llanto, del que conoce su gélida y horrenda conciencia.

No era raro entonces, que tras 20 años de difícil lucha, de angustiosa resistencia (Sin razón ni motivo distinto al de la terquedad), a las embestidas de la locura, su espiritu fiel pero agotado, se rindiese al fin sin un último grito.

El día en que Tito descubrió (O más bien, aceptó) que estaba loco, era un día extrañamente gris, lluvioso, un tanto mediocre. En el momento terrible en que cayó en cuenta de lo fútil y risible de su empeño, en mantener una cariada defensa contra las atávicas fuerzas que le obligaban a perder el total dominio de si mismo (Si es que acaso algún hombre puede aspirar a tanto), perdiendo la esperanza, ahogándose en una pena rabiosa, supo que cada uno de esos días vividos, arrastrados, llevados como condena, eran la dolorosa preparación para una magia mas profunda y temible de la que los seres vivos (Mal llamados cuerdos) puede siquiera imaginar en sus mas toscos anhelos, en sus mas estúpidas pesadillas.
Cualquiera que hubiese visto el peligroso fulgor que encendió en sus ojos de niño, una voluntad mas allá de lo humano, hubiese retrocedido espantado, mascullando el recuerdo de las oraciones marchitas, y seguro de que por fin el mundo, comenzaba a morir sin remedio.

¿Como puede un hombre describir con palabras mortales y manchadas, la magnifica y terrible sensación de, abrir los ojos desde el fondo del infierno?
Basta decir que se revela un mundo, nuevo, despojado ya del muro abyecto que limita la existencia de todo ser vivo, Basta decir que se hace evidente, por fin, el hedor a muerte que emana de toda la tierra, los crueles diablillos, rechonchos, tan cordiales como moscas, que arrojan la lluvia desde nubes de sangre y risa, emprendiendo una guerra con aves, hombres y los demás repugnantes pequeñajos que se atascan en este planeta. Ver los secretos, ver lo antes no visto, lo oculto, lo arcano y prohibido, y no poder negarlo, acabaría con la voluntad del hombre mas fuerte del mundo, mas, como Tito por fin había enloquecido, este riesgo carecía por completo de importancia.
Rió despacio, como probando su risa, tanteando, pero una mueca de desprecio deformaba su rostro, mientras metódicamente, con el placer que solo otorga la costumbre ya ritualizada de antemano, encendía un cigarrillo y aspiraba con fuerza y fruición el cálido y acre humo. Y volvió a reír de nuevo, esta vez un poco mas alto, ya seguro del alcance de su fuerza, y sin mirar siquiera, por ultima vez su casa, ni los recuerdos que en ella atesoraba, salió a la calle, para empezar a buscar a la muerte.

Pocas personas pueden entender la atracción que ejercen las calles de una ciudad en el conturbado espíritu de esta clase de hombres, quien les ve, tan solo les ve como una razón de más para cambiar de calle, o de renegar de esta u aquella política municipal, para murmurar por encima del hombro ¡Que mal va esta ciudad! O para sentir allá en lo mas profundo de los corazones mezquinos, un calorcillo irritante, molesto, que les obliga a un pensamiento de compasión, que como buen mecanismo de conservación, hace ya todo el trabajo y le distrae de la situación. Hay por supuesto, quienes les ignoran, o quienes les ignoran aún mas, regalándoles esta u otra monedilla sobrante del transporte, o quienes les persiguen, para hacerles dormir luego, luego, en calles ocultas por la niebla de una madrugada difícil.
Pero si la vida (Que a veces es mas bien mierda) fuese algún día justa y decente (O por completo demente) habría algún hombre que les escuchase, y descubriese, que en sus delirantes personas, se gesta desde hace eras, el remedio preciso a todos los males del mundo.

Tito, no fue, pues, ajeno al primordial llamado del asfalto, y con tres pasos firmes se convirtió por derecho propio, en otro miembro mas de la sacra hermandad de los desheredados de la vida, los agobiados por la miseria, los siempre vencidos por el universo. Los locos (Por si no te has dado cuenta).
No supo cuanto tiempo corrió, a veces riendo, a veces llorando, y a veces reventándose la cara contra los muros que parecían estrecharse cada vez más contra su cuerpo, perseguido sin cesar por ladrones, mujerzuelas baratas y oficiales, mientras sentía como invadía su piel, poco a poco, un espanto primitivo e inocente. Para cuando se recostó cansado contra una destrozada pared de piedra, el agua ya había limpiado su frente, llevándose la fiebre y un poco mas que su tristeza.

Con un movimiento imperioso, casi regio, apartó las doradas formas que le impedían ver la lluvia, y estas, obedientes, se movieron convirtiendo todo, hasta donde alcanzaba la vista, en un intenso caleidoscopio de colores y sombras que se movían sin descanso al compás de su corazón intranquilo. Tras el remolino de colores, alcanzó a divisar dos personas que le observaban; relamiéndose los labios, echando ojeadas ansiosas a lo largo de la calle, mientras miraban, medían, pesaban, catalogaban, como aquel que elige la fruta mas madura y suculenta del árbol en el jardín de un vecino. Antes de morder sin prisa, desangrando el alma dulce de todas las frutas...

Un relampagueante brillo surgió de la mano de uno de aquellos hombres, mientras con un grácil movimiento, no exento de fuerza, era arrojado contra la pared. Rebotó contra la durísima superficie, y un dolor exquisito y vibrante recorrió todo su cuerpo, extendiéndose en oleadas vertiginosas desde su vientre, irrigando cada centímetro de piel con la callada parsimonia que solo el dolor es capaz de causar. Sintió como unas manos callosas y repulsivas recorrían su ropa, ágiles y viscosas, cual serpientes, que se enroscaban en cada pliegue y arruga, hasta llegar a su piel. En el rostro del que apretaba el cuchillo, retorciéndolo sin cesar apareció un gesto despectivo y asqueado... Un gesto que se transformo en una mueca de miedo, cuando las manos de Tito se cerraron con una rapidez sobrehumana sobre su cuello, presionando con firmeza, impidiéndole respirar...
El acero en su vientre redoblo su furia, pero Tito no sentía ya ni dolor, ni la negra sangre que se escapaba hasta el suelo, mientras una mano que ya no era una mano, sino una zarpa, un instinto cegado por la película roja de la furia... Hundió las garras saboreando la suave resistencia de la piel, el contorno de los huesos, el palpitante calor de las venas y arterias; y con un solo movimiento apretó con más fuerza y paladeó el crujido como de papel pergamino...
Giró lentamente la cabeza hacia las serpientes que manoseaban en su carne, para ver como se retiraban en las manos de aquel hombre – reptil que ya reculaba en una presurosa carrera a través de la lluvia...
El cuerpo se desplomó con un chasquido agradable, y arrojó aquel pedazo de carne que estrujaban sus manos, carne, sangre, ya roída por los primeros gusanos del ciclo eterno de toda vida.

Las piernas temblaron antes de que pudiera dar dos pasos seguidos, y se derrumbó en el suelo mojado, parpadeando como un búho a la luz, cada vez que una gota de lluvia entraba en sus ojos abiertos por el pasmo. La fiebre había vuelto, pero hacía frío, y ya era de noche (Cayó en cuenta), y los colores se habían ido. Respiró pausadamente, y se echó a reír, después de todo uno no se muere todos los días...
Pasó un rato largo, un momento extenso durante el cual, nada pensó, ni sintió aparte de la lluvia y el eco de su constante caída contra el pavimento... Y, algo brilló casi al borde de sus ojos; un resplandor dorado, que se extendía sobre su cuerpo, era cálida esa luz intensa, llena de aprecio, de confianza, así que no fue una sorpresa cuando empezó a tomar forma, al principio difusa, y luego, poco a poco, la de un hombre, como él mismo, si bien resplandeciente, como el reflejo de los cristales en las tardes de verano.
La hermosa visión sonrió, preguntando sin palabras, y en un lenguaje sencillo hecho de algo mas sublime y simple que el sonido,
¿Te duele? ¿Sufres? ¿Por qué sufres?
Tito notó que su cuerpo empezaba a perder fuerza, azuzado por una agonía sorda, casi gritada a lo lejos, en otro cuerpo que no era el suyo.
No, solo un poco – Dijo con una voz que ya no era garra, ni zarpa, ni hielo- No durará mucho Sentía el sabor amargo y salado de sus propias lágrimas, que se mezclaban con la lluvia, y la sensación de reconocimiento inundó por completo su mente... Parecía estar viéndose a sí mismo; si bien era un Tito Strada distinto, parecía más fuerte, más sereno, más inocente... Pero pese a ello eran sus ojos, y ese era su rostro...
No fui gran cosa – Dijo de nuevo Tito, embargado por una tristeza que ya no dolía, una amargura que quizas era más dulce, mas gentil- es mas, nunca fui nadie, ¿Comprendes? Ni aún he tenido el coraje para serme a mi mismo... Pero... Me alegra haber vivido para este momento... Para poder estar aquí, contigo, cuando la sombra se abate sobre el mundo...La sonrisa de aquel otro, se llevó el pánico, y la tristeza, mientras su alma se rompía en mil pedazos infinitesimales, pasando a formar parte del aire, del viento, del sol que amenazaría la tierra dentro de unas horas, del agua que lavaba los apagados ojos de un hombre tirado en el suelo... Llevándose todo rastro de lágrimas y sangre, a otro sueño, y a otro cuento.
Sariel Rofocale

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